Ella es mi ejemplo

Ella volvió esa noche, como todas las otras anteriores, a levantarse sin hacer ruido. Aunque se ahogaba entre suspiros que la dejaban como una pobre sin aire, intentó arrancarse una sonrisa desde las entrañas, pero le dolió hasta las tripas.

Al mover la cabeza recordó el vacío de los pendientes, aquellos que se ponía, largos y llamativos, que la hacían sentir una mujer. Con sus dos vueltas de collar de perlas falsas, que un domingo le tocaban a ella y al siguiente, a la hermana. Y sin hacer ruido, acompañada de sus soledades, dejó a la hija dormida en la cama de matrimonio y fue a consolarse con un vaso de agua.

Allí, de pie, frente a frente, la volvió a ver. La nada, esa figura oscura, sin rostro y sin sonrisas, la esperaba. Quiso volver, pero tuvo el mismo sentimiento de la noche que huyó. No le dolían los pies de correr, sí el pecho; no tenía el miedo a las bombas, sí a ese rostro sin facciones; no tenía ni hambre ni amor, solo a la nada delante de ella, que le impedía apagar la sed inventada.

Pudo escuchar, otra vez, los gritos de los motores de los bombarderos. Allí, en Valencia, era igual que en Málaga, una roja que huía de la guerra y las fauces de las cadenas que se le venían encima. Una pena con sabor a leche cortada le subió por la garganta y suspiró las ganas de llorar. El llanto era un lujo, que no podía permitirse. Y por mucho que la nada la mirase y sintiese una respiración apolillada, sabía que lo que se le venía encima era mucho peor. Dejó a un lado la figura, bebió su vaso de agua y regresó a la habitación.

En la cama, acurrucada con su hija entre los brazos, volvió a echar de menos los trajes de faralaes, las fiestas y el olor de su ciudad. Movió la cabeza y sintió el vacío de los pendientes, pero por no llevarlos no creyó ser tan diferente a la que fue, ahora, ella era una mujer que controlaba su vida.

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