Alma

Él se levanta de la cama. La mira. Primero lo hace con desprecio de verla aún allí. Después, ese desprecio le hace tenerle pena. Tiene pena de despreciarla. Y esa pena hace que la desprecie más.

Ella duerme con tranquilidad.

Con sumo cuidado se marcha sin despertarla.

Ella lleva despierta toda la noche y se hace la dormida. Ha visto como la ha mirado. Ha visto ese desprecio y se asustó. Cerró los ojos sin querer mirar más. Quizás, si hubiese visto la pena con la que miró después, no tendría ahora miedo. Pero cerró los ojos.

Ha dejado ese aroma tan suyo en la habitación, en la cama, en las paredes; incluso la luz huele como él.

Decide sentarse en la cama, bajar la cabeza y pensar.

Piensa que no debe pensar en nada, pero lo hace. Siente el sexo dolorido. Anoche la tomó varias veces y posa las manos en su pelvis.

Al principio ella quiso que la poseyera, se lo hizo saber nada más entrar sin dejarle decir nada al respecto. Él se subió encima, se introdujo entre sus piernas y la poseyó.

Después ella estuvo satisfecha, había saciado ese deseo. A él se le despertó el deseo. Siguió metido entre sus muslos, no se separó.

Ella no quería, pero callaba. Y él continuó subido encima, haciendo presión con su cuerpo; agobiándola para poder respirar. Pero ella callaba.

Iba a decir algo, no lo hizo, no se atrevió.

¿Ocurre algo?, dijo él.

Nada.

Y continuó subido encima.

Tres veces, y ahora se tocaba ahora el sexo dolorido. El sexo húmedo y rojizo. Un sexo ya gastado.

Estaba saciada, pero él no quiso dejarla.

Descansó con grandes suspiros. Fuera, los grillos chirriaban con unos cantos que esa noche no comprendía. Mientras, él suspiraba con grandes brincos en el pecho.

Se recostó de lado, pero ese brazo con fuerza lo impidió. Él se subió otra vez encima, y de nuevo la poseyó.

Ella miraba a los lados, sin ganas, sin siquiera ese artificial amor. Se dio cuenta de los gestos.

Ocurre algo, afirmó él.

Estoy saciada.

Yo no.

Sabía que no la respetaría, que sería asaltada una y otra vez.

Se toca el sexo, le duele. Siente débil las piernas, los muslos. No se atreve a ponerse en pie, al menos, tan rápido como de costumbre.

Le tambalea el cuerpo, se siente mareada. Agarra la colcha blanca, la cama. Agarra el sexo como si se le escapase, como atrapando un objeto que no le perteneciese.

Él la miró con desprecio, cerró muy pronto los ojos; no vio esa pena.

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Anoche creo que soñé

Riendo me tumbé, guardando debajo de la cama, en una caja vieja de zapatos; el sol. Tiré por la ventana las manillas del reloj dejándolo en sillas de ruedas. Mi taquicardia extrema, me tranquilizó. Sentí levantar con poca ansia la sabana junto a mí, para notar entre suspiros ese juego que no se jugaba a nada. La ciudad dormía apagada en luces cansadas de trabajar.

Su sudor amargo se me calaba en la piel, entorpeciendo mi respiración. El frío me estremeció en uno de mis constantes movimientos en intentar mirarlo.

Me senté en la cama dándole una patada a la vieja caja de zapatos. Intentando saber, si anoche, soñé.

Tu piedra en el camino

¿Qué haré aquel día cuando no pueda ir contigo?
Cuando llores con el pecho en un puño y brinques como un sapo.
Cuando grites con sordera y gimas en un placer fingido.
Cuando pronuncies otros nombres, tal vez el mío entre ellos,
y no tengas ningún suspiro.
Cuando cantes esa canción que esté de moda.
Cuando enfríe la sopa o bebas vino.
Cuando rías, hables, te duermas y al día siguiente te levantes.
Cuando ames y no sea mi cuerpo del que comas,
mi boca tu fuente, mi sexo el deseo.
¿Qué haré aquel día cuando yo no pueda seguir viviendo?

 

#Recomiendo #leer “Crónicas del mal amor” de Presina Pereiro

El amor, un bálsamo para el alma cuando es correspondido, pero una tortura cuando no es así. El llanto se vuelve el diálogo del dolor, la tristeza el semblante y lo que una vez, en tantas novelas, era el fin adecuado y que justifica todos los medios para conseguirlo; para el personaje es el camino del sufrimiento en cada una de las páginas .

El imperio Otomano que se enfrenta en la cruel (y desconocida para muchos) batalla de Lepanto. En la que el gran emperador español, se enfrentó de forma directa por el control absoluto de Europa y el Mediterráneo. Y ese gran acontecimiento, que marcó un antes y un después, hizo que cambiase el rumbo de los acontecimientos para una simple embarcación y una mujer.

Presina Pereiro, no nos intenta dar lecciones de historia, sino de vida. En la que después, de esa gran batalla naval, crea un personaje duro, con una personalidad sometida ante una cristiandad que se impone por la fuerza. Su maestría en las letras es algo que me llamó la atención desde el primer párrafo. Siempre, los escritores que se documentan en exceso, nos intentan volcar hasta la saciedad, de aquello que saben; pero en este caso no. Las pinceladas históricas, son únicamente para ambientarnos. La Sevilla capital que comercia con los vencidos, el dolor reprimido de los personajes, que son trasladados a una Málaga que se aprovecha de las desgracias ajenas; y en el centro de todo, ella: la mujer.

Yo, que adoro el papel de la mujer en la literatura, me enamoré del poder hipnótico del la forma de narración de la novela. Escrita de una forma muy personalista, me mostró qué pudo sentir la mujer de aquella época, en la que, arrancada de su mundo, es vendida, violada y sometida por otra cultura y por el hombre. Su mundo, desmoronado y sumergido en aquellos barcos perdidos en el mar, se sumerge además su futuro, su amor y su vestido de amor.

Vista de un personaje

Tiene los ojos manchados de soledad. Por las mañana el escozor en ellos es una canción desesperada, y como un nerudiense, se cree poeta. 

Despierta cada día en una habitación de paredes mohosas, una ventana con cristal rajado y una puerta confiscada. A primera hora recuerda sus sueños, e intenta hacer todo lo posible por olvidarlos. 

Su aliento es vidrioso, cortante, como si al hablar sintiese un pequeño bisturí en la garganta. 

Abre una carta que recibió el día anterior. En sus manos, el tacto del papel se le hace insoportable, una sensación de puercoespín. Recuerda que por eso nunca llegó a escribir, aunque se le daba bien (o eso creía). 

La mañana se le presenta como otras, sin más que un palpitar seco en el pecho, un resquemor en la cabeza y un dolor de pulmones. 

Estornuda, un sabor de anís estrellado se le cuela en la nariz. Un fuerte olor a humo inunda la calle: han abierto de nuevo los bares para ventilarlos, piensa. Y una vez, con un desayuno de sobras de pan y agua-chirri con café, se siente preparado para el primer cigarro de un tabaco negro irrespirable. 

Pasea por la calle, porque no hay nada más que hacer por ella. La guerra se ha ceñido con todo, y más que nada, con todos. Los cristales se amontonan en cada esquina, arremolinándose con hojas secas y octavillas que vuelan en remolinos con el aire de levante. 

Es temprano, la humedad se resiente en el adoquinado. No hay nubes, ni sol ni bombarderos. 

La ciudad se le antoja un salmo bíblico sin sentido, un mantra que por mucho que la pasea, no termina de acostumbrarse a ella. 

Llega a la desembocadura del río y una nata acorchada, se mece sin siquiera tocar el agua. 

A su derecha comienza la playa del Bulto. Una mujer vestida de negro, joven, con el pelo arañando su espalda; camina con los pies engullidos en la arena. Es bella, al menos, tiene esa belleza que da el hambre y la pena. Una belleza escuálida, de color perla que hace la piel brillar. 

La mira y apura otro cigarro, no le importa gastarlos, ya no importan demasiadas cosas. 

Ella sale de la arena, descalza, con unos zapatos tan desgastados como sus ojeras, se sacude los pies con golpes. Siente en sus manos la textura de la planta de sus pies, la sequedad de los talones, agrietados hasta provocar senderos inconclusos. 

El cigarro se le termina, un aire de poniente se levanta perezoso y disemina las cenizas. Al fondo se comienzan a oír unos motores, que rompen con furia el cielo. El estruendo es monótono, solo les hace mirar al cielo y suspirar. La costumbre les hace ver las tripas abiertas de los aviones sin sorpresas. La caída de las bombas es simple, elegante dibujando una línea que impacta con tranquilidad. 

El estallido es seco. Él se limpia los ojos, aún le escuecen. 

(RE)Amor


Ella aparece, quizás no tiene ganas de hablar, pero debe hacerlo. Le atormenta no saber qué decir, y una corriente eléctrica recorre su columna. Su cráneo cruje, siente que es una cáscara amarga que nada más le sirve para guardar secretos, rencor, pensamientos inacabados y otros sentimientos agrios. Él sabe lo que va a decirle, pero espera que dé el primer paso para defenderse. Guarda en sí mismo, la confianza suficiente de saberse amado, de ser su droga, o más bien de ser su amo. La domina, le encanta esa sensación de sumisión, de controlar mediante su boca los gemidos cuando están en la cama. Pero ella se lo niega.

Intenta desaparecer, pero allí plantada en la habitación, no puede dar marcha atrás.

—Vas a dejarla —dice muy convencida

—Sabes que no lo haré.

—Jamás nos tendrás a las dos.

—Jamás he pretendido teneros.

Ella, que se lame los labios en un gesto automático, siente de nuevo una gran presión en la cabeza y un sabor salado en la lengua; un regusto pasado. Nota la circulación de la sangre surcar por las venas, una velocidad que le electrifica las manos. Un flujo intermitente de respiración que le llena los pulmones, siente el frío del aire que se calienta poco a poco en el pecho, hasta ser cómodo para tragarlo. Una pequeña palpitación en la sien, se toca la frente y nota esa minúscula vena surgiendo y desapareciendo poco a poco. Nota el cerebro algo inflamado, como si quisiera escaparse de su recipiente, una sordez que le impide escuchar nada que no fuese su organismo. El sabor salado se vuelve pastoso, dejando unos surcos blancos en la comisura de la boca.

Él cae al suelo. Con un suspiro arcaico.

Ella, se limpia la comisura blanca de los labios. Lame. Y el sabor oxidado de saberse victoriosa, le recorre la garganta.

Las mujeres que fui

Presentación 5El pasado 25 de octubre, pude compartir un pequeño rayo de luz, mi primer libro “Las mujeres que fui”. Después del miedo inicial de publicar en solitario, de vueltas y búsquedas de fórmulas de auto-engaño, rompí en pedazos las incertidumbres para envolverme con un fino manto de CERTEZA.

Las mujeres que fui” es una pequeña novela compuesta de tres relatos: Salomé, la mujer del vientre de oro que seduce y que ahora es seducida. Alma, la segunda mujer que nunca pudo tener otro nombre que no fuese ese. Y Ella, una mujer sin nombre, que intenta controlar todo excepto el amor que se le escapa entre los dedos.

Fue un placer compartirlo con Ecuación Natural, la nueva tienda de cosméticos naturales en la calle Ramón Franquelo del centro de Málaga; con lacolaboración en la organización de Flor Zen, la preciosa tienda floral de Calle Beatas y la Asociación Barrio Picasso.

Presentación 10

En ésta nueva apuesta editorial de Mitad Doble, siempre tendré que agradecer a mis compañeros Augusto López, Amor de Pablo, Juan José L Gallego, Mon Magán, Laura Cerezo y Malú Porras (ésta última además prologuista de la novela) por estar siempre apoyando

A mis queridos amigos de la Librería Proteo, Jesús, Pepe por estar aconsejando y todo el equipo de la librería, Susana, Rosa, Carmen… ¡Todos! Escaparate Proteo

Ya todos, sumarme una vez más por haberme arropado, por compartir este momento conmigo, aunque incluso en la distancia; mi mitad estuvo tan presente como siempre.

¡Os quiero!

Si estás interesado en comprar el libro puedes solicitarlo en Librerías Proteo o en cualquier librería o haciendo click AQUÍ

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Las mujeres que fui

Las mujeres que fui es la pequeña apuesta en la que el amor que se vive de forma cotidiana lucha contra el miedo y la resignación. Salomé es la primera de las tres protagonistas, recorre las calles de forma altiva encubriendo su corazón. Alma, protagonista del segundo relato, nunca pudo tener otro nombre que no fuese ese. Y la última historia, transcurrida entre recuerdos, el sol de las calles curvadas de la ciudad, intenta poner el cierre de forma muy sutil.

Las mujeres que fui
Jonatan Santos Moreno
Prólogo de Malú Porras
ilustración de portada, Sergio Moreno
Año de edición: 2014
ISBN: 978-84-942050-4-0
Precio: 5 €

 

Greti preciosi

20140301-235528.jpg(Foto: Maite Fernández-Campón)

A veces, lo único que importa, es tocar la luna a dos manos. Sonreírle al cielo y dejar latir el corazón.
A veces, a faltas de fuerza sobrehumana, deben volar las aves del paraíso en un atardecer sin ocaso.
Y a veces, sólo a veces, uno debe de ser lo que su alma le dicte.