Fusiles y faldas en el frente de Málaga: El incómodo mito de la miliciana

El relato oficial de la Guerra Civil suele pecar de dos extremos: o la idealización romántica o el olvido selectivo. Cuando se habla de las milicianas de 1936, la memoria histórica tiende a dibujarlas como meros iconos de cartel publicitario, sonrientes, con el mono azul y el fusil al hombro. Pero la realidad en la provincia de Málaga fue mucho más cruda, caótica y, sobre todo, profundamente incómoda para ambos bandos.
Las milicianas no fueron un adorno folclórico ni un capricho ideológico; fueron el síntoma de un Estado colapsado que tuvo que recurrir a sus mujeres para no caer en tres días, para luego arrebatarles las armas cuando dejaron de ser útiles.

¿Cómo y por qué surgieron? El vacío del 18 de julio

Las milicianas no nacieron por un decreto de igualdad ni por una revolución feminista planificada. Surgieron del instinto puro de supervivencia y el vacío de poder. Cuando se produce el golpe de Estado de julio de 1936, Málaga se convierte en un polvorín. Ante la falta de un ejército republicano cohesionado, las organizaciones obreras (CNT, UGT, PCE) tomaron el control y abrieron los cuarteles.
Las mujeres de las clases populares malagueñas, conscientes de lo que el fascismo significaba para sus derechos recién adquiridos durante la Segunda República, no esperaron en casa a que les dieran permiso. Se alistaron de forma espontánea en las milicias populares. Marcharon hacia frentes cercanos como Antequera, Ronda o el Campamento de Benamocarra sin más instrucción militar que el coraje y la urgencia.

El papel real: De las trincheras al olvido

Málaga tuvo nombres propios que desafían cualquier intento de catalogar a la mujer de la época como sujeto pasivo. El caso más paradigmático es el de Ana Carrillo Domínguez («Anita la Capitana»), natural de Cortes de la Frontera. Tras huir de la represión en La Línea, se enroló en las Milicias Antifascistas de Málaga. No se limitó a hacer de enfermera o cocinera; se convirtió en delegada política y posteriormente en capitana del Ejército Popular, integrada en el célebre Batallón México.

El dato histórico: Anita Carrillo no era una excepción propagandística; cobraba su paga oficial de 581,25 pesetas como capitán de una compañía de ametralladoras, demostrando que en el frente de Málaga las mujeres asumieron mandos tácticos reales en momentos de extrema necesidad.

Las milicianas andaluzas patrullaron calles, manejaron fusiles en primera línea y gestionaron la complejísima retaguardia malagueña. Su aportación histórica fue demostrar, por primera vez en la historia de España, que la defensa de los derechos civiles no entendía de géneros en el frente de batalla.

La polémica: Traicionadas por los suyos y difamadas por el enemigo

El final de las milicianas no lo decretó el bando franquista; empezó en las propias filas de la República.
A finales de 1936, con la necesidad de militarizar las milicias y crear el Ejército Popular Regular, el propio gobierno republicano —con el PCE a la cabeza— lanzó la consigna: «Los hombres al frente, las mujeres a la retaguardia». De la noche a la mañana, aquellas mujeres que habían sostenido el frente cuando los hombres huían o no bastaban, fueron vistas como una distracción, una molestia o un peligro para la disciplina militar.

  • El fuego enemigo: La propaganda franquista desató una campaña brutal tachándolas de prostitutas, mujeres inmorales y transmisoras de enfermedades venéreas para deshumanizarlas antes de fusilarlas.
  • El fuego amigo: Sectores puritanos y republicanos las relegaron a tareas de limpieza, cocina y cuidados, desarmándolas bajo la premisa de que «la guerra era cosa de hombres». Figuras como Anita Carrillo tuvieron que resistir una presión institucional enorme para mantener su estatus militar.
    El drama culminó en febrero de 1937 con La Desbandá, la trágica huida por la carretera de Málaga a Almería bajo los bombardeos fascistas. Allí, las antiguas milicianas, ya desarmadas o reconvertidas en civiles a la fuerza, volvieron a ser el sostén de miles de niños y ancianos en una de las mayores masacres de la guerra. (Véase mi libro «El luto de los gigantes»)

Conclusión: ¿Heroínas o parias?

Retomar la historia de las milicianas en Málaga exige dejar de tratarlas como simples víctimas o carteles de estética ‘vintage’. Fueron revolucionarias incómodas. Rompieron el molde del patriarcado tradicional español y, cuando la República se vio obligada a burocratizarse para intentar ganar la guerra, las devolvió a la cocina.
Su aportación histórica no fue solo militar; fue el incómodo recordatorio de que en tiempos de crisis la igualdad surge por necesidad, pero en cuanto regresa el orden de los despachos, lo primero que se confisca son los derechos de las mujeres.

Taller de escritura creativa en Estepona

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Todos tenemos dentro esas pequeñas grandes ideas que alguna vez hemos querido trasladar al papel. Ahora es tu oportunidad para ordenarlas, depurarlas y llevarlas a cabo.

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En estos talleres aprenderemos todo lo que nos hace falta para poder escribir desde micro-relatos hasta novela. Va dirigido a todos los públicos, sin importar la experiencia previa que se pueda o no tener. Desde el uso del esquema literario, la puntuación, la construcción de personajes, …

Las clases están orientadas de una forma participativa y amena, en la que se fomenta el trabajo en equipo.

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escritorsantosm@gmail.com / 625 86 76 63

El monitor:

Jonatan Santos, actualmente librero y gestor cultural de librerías Proteo Prometeo. Fui monitor de talleres de escritura creativa y director editorial de Mitad Doble ediciones. Tutor de prácticas del Máster de gestión del patrimonio literario y lingüístico español.

Cuento con varias publicaciones: «Las mujeres que fui», «Melodía para insomne», «Relatos de pasión» y «El luto de los gigantes»

El luto de los gigantes

La primera novela de Santos Moreno ha sido y es todo un éxito editorial, consiguiendo llegar a la cuarta edición en tres meses. Con este libro, Santos Moreno ha conseguido hacerse eco en el mundo de las librerías, logrando además, la madurez literaria. «El luto de los gigantes», se ha convertido en todo un clásico literario

Málaga, febrero de 1937. Días antes de la caída de la ciudad en plena Guerra Civil, Amparo Escobar se enfrentará a su condición de viuda y miliciana. Arrastrará sus miedos por las calles del desaparecido barrio de la Pelusa y el arroyo del Cuarto; allí, el vacío de la certeza de que llega el final la sumirá en una profunda angustia. Enamorada de Pepe, el de María la Niña, huirá con él camino a Valencia en la Desbandá, la peor masacre de la guerra. Mientras, su familia deberá hacer frente a la melancolía y a la supervivencia en una ciudad desolada. Su hermana pequeña, Consuelo, deberá cuidar de la familia y sufrir las persecuciones de las nuevas autoridades. Basada en hechos reales, El luto de los gigantes nos sumerge en la historia de Amparo Escobar, miliciana y sindicalista que tuvo que huir, como otros cientos de personas, por la famosa carretera de Almería para lograr sobrevivir. Santos Moreno logra recrear con maestría los acontecimientos que marcaron la historia reciente de España y nos cuenta una historia familiar cercana y conmovedora.

El luto de los gigantes
Santos Moreno
Año de edición: 2019
ISBN: 978-84-17974-14-5
Precio: 17,00 €

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#Recomiendo leer: Media vuelta

El gordito, así es como su autora y yo, llamamos a este libro. «Media vuelta»

¿Por qué ese título? Por el significado de dar un giro de 90 grados, porque de eso se trata dar un cambio en la vida, de dejar ese camino y darse la vuelta. Y en esos giros, conseguir disfrutar de todas sus letras.

«Media vuelta» no es un libro de amor, aunque el amor esté presente. Es un libro de superación. El hilo conductor es la violencia de género, y cómo la afronta su protagonista, en este caso, un hombre: Héctor. Él pierde a su mujer, sueña con ella y, su figura se aparece para decirle: Ve. Esa simple palabra desencadena toda la historia. Pero en este libro no es le único problema, cada uno de sus personajes tendrá que luchar contra sus propios demonios del pasado y el presente.

Esta novela coral de inmensos personajes, está ambientada en Australia, aunque una de sus grandes cualidades, es que perfectamente, podría estar ocurriendo dos calles más abajo o arriba, de la tuya. Destaca además la humanidad, cada uno es imperfecto, tienen sus borderías y sus malos humores, sus malas leches y sus luchas por algo tan cotidiano que se llama vivir.

Yo tengo que confesar, y confieso, que lloré. El momento en el que el protagonista se derrumba, para mí fue el mejor de todos. Como echa de menos a su mujer, pero sabiendo que no podrá volver a verla, necesita que lo guíe, que lo ayude en poner en orden su corazón. Y esta confesión, va a suponer que la autora me ataque, porque he estado yo tutoricé todo el proceso creativo y durante meses, leía, corregía y me peleaba con Alicia Adam hasta llegar a luchar con imprenta para tener este libro en la calle.

¿No lo has leído? Debes de hacerlo.

Ella es mi ejemplo

Ella volvió esa noche, como todas las otras anteriores, a levantarse sin hacer ruido. Aunque se ahogaba entre suspiros que la dejaban como una pobre sin aire, intentó arrancarse una sonrisa desde las entrañas, pero le dolió hasta las tripas.

Al mover la cabeza recordó el vacío de los pendientes, aquellos que se ponía, largos y llamativos, que la hacían sentir una mujer. Con sus dos vueltas de collar de perlas falsas, que un domingo le tocaban a ella y al siguiente, a la hermana. Y sin hacer ruido, acompañada de sus soledades, dejó a la hija dormida en la cama de matrimonio y fue a consolarse con un vaso de agua.

Allí, de pie, frente a frente, la volvió a ver. La nada, esa figura oscura, sin rostro y sin sonrisas, la esperaba. Quiso volver, pero tuvo el mismo sentimiento de la noche que huyó. No le dolían los pies de correr, sí el pecho; no tenía el miedo a las bombas, sí a ese rostro sin facciones; no tenía ni hambre ni amor, solo a la nada delante de ella, que le impedía apagar la sed inventada.

Pudo escuchar, otra vez, los gritos de los motores de los bombarderos. Allí, en Valencia, era igual que en Málaga, una roja que huía de la guerra y las fauces de las cadenas que se le venían encima. Una pena con sabor a leche cortada le subió por la garganta y suspiró las ganas de llorar. El llanto era un lujo, que no podía permitirse. Y por mucho que la nada la mirase y sintiese una respiración apolillada, sabía que lo que se le venía encima era mucho peor. Dejó a un lado la figura, bebió su vaso de agua y regresó a la habitación.

En la cama, acurrucada con su hija entre los brazos, volvió a echar de menos los trajes de faralaes, las fiestas y el olor de su ciudad. Movió la cabeza y sintió el vacío de los pendientes, pero por no llevarlos no creyó ser tan diferente a la que fue, ahora, ella era una mujer que controlaba su vida.

“Estructura narrativa” de Augusto López, el mapa al éxito

Todo y mucho se ha escrito sobre novelas, poesía, relatos; en definitiva, de la escritura creativa. Pero pocos se han centrado en algo tan inmensamente importante como la «Estructura narrativa».

Y es que, para construir algo, cualquier cosa, sea lo que sea, necesitamos algo que nos guíe. Imaginemos que queremos hacer una casa, o un edificio, o el Titanic, o un Parque jurásico para viejos escritores. Para eso necesitamos unos planos que nos diga dónde va una pared, dónde los botes salvavidas o dónde la jaula del Poetasaurio rex. Y eso, traducido a la narrativa, es la estructura.

Esta herramienta es, para mí, la joya de la corona de todas las que podemos utilizar la literatura. Con ella, podemos ver los fallos, las fortalezas, dónde el error y potenciar el acierto. Otra cosa ya distinta, es cómo lo contamos, pero eso es otra historia.

Augusto López, amigo y maestro, lleva más de doce años escribiendo, pero además, dando clases. Muchos autoras y autores han pasado por sus clases, han conseguido afianzarse y después, con éxito, han sacado sus obras ante el público. Entre los cuales yo destacaría a Carmen Enciso, Ana Gómez Perea, Pilar Valderrama, José Luis Rosas, María Luisa Porras, y un larguísimo etcétera en el que yo mismo me incluyo.

Cuando vamos a escribir, debemos saber qué vamos a hacer, (el cómo, nuestro estilo, viene después), pero esa guía fundamental es la Estructura. Porque, además, conseguimos que siempre sepamos qué vamos a escribir a continuación y no nos perdamos.

Este mapa estelar literario, una vez terminado, nos ayuda a identificar errores de coherencia que podamos tener. (Por ejemplo: recuerdo que a mí me ayudó a corregir de poner que ocurría un suceso cuando no debería)

¡No hay que preocuparse! No es un libro complicado pensado en grandes eruditos, está pensado para todos los que quieran escribir. Además, con las ilustraciones de Pio Vergara, hace que sea atractivo y ayude mucho más a su comprensión.

Hablemos de Lola Oporto

Siempre que voy a comprar un libro, hay un par de cosas que me hacen decidirme, o no, por uno u otro ejemplar: Su diseño, su sinopsis, pero sobre todo, su título. Y he aquí, algo que ya a priori, me encanta de esta novela, su nombre: Lola Oporto.

José Antonio Sau, nos sumerge con su personal estilo, en las pesquisas de Lola, en su mundo: la Málaga negra. Para deshacer los planes de venganza del antagonista de Lola. Aunque su contrario, a veces, puede ser ella misma, o el café del que es adicta.

Otra de las ventajas de esta novela es la ubicación. Siempre me peleo con su autor, porque soy contrario a que escriba sin parar, pero en este caso, consigue sumergirnos sin parar en una ciudad desconcertante (para mí), que a veces no reconozco. Pero esa es la magia de la literatura, descubrir nuestro mundo, desde los ojos de otros.

Lola se enfrenta con su día a día, sumergida en tazas de café y en ella misma. Lola, de apellido lejano, se enfrenta con los planes de asesinato de un antagonista concienciado en lo que hace.

Esta novela, editada por Ediciones del Genal, ya ha cosechado grandes satisfacciones en ventas y crítica, algo que a veces no va unido, y que esta vez nos ayuda a disipar las pequeñas dudas que podamos tener para hacernos con ella.

¡Una apuesta segura!

En el sopor

Mirarse al espejo es como cuando se trabaja al público. Se ve con claridad los defectos, lo que hay que arreglar que a priori, nadie ve. Si estás guapo o guapa, y si has venido hoy o no.

Pero la gran diferencia es cuando, en vez de rellenar estanterías hay que llenar arrugas.

Por lo demás, todo es igual. Atiendes, sonríes, atiendes y sonríes. Y esté mejor o peor el reflejo del espejo: el cliente siempre tiene la razón.

Y te das cuenta, la indiferencia que supone ser mirado.

Comienzo

Todo comienzo tiene un final y, cada final, un boli que lo escribe. (A su defecto un lápiz, pero yo no escribo a lápiz, porque se borra con facilidad. Y su sonido encima me da grima. Puede que porque me recuerda a la infancia. A ese paso de cuando uno aprende a escribir, el sonido de todo un ejército de niños intentando hacerlo bien. Y el paso de cuando lo aprendes y es el momento de pasar al boli. Al principio es alucinante, apoteósico, pero al final, terminas echando de menos el lápiz. Puede que de ahí comienzas a echar de menos todo).

Alma

Él se levanta de la cama. La mira. Primero lo hace con desprecio de verla aún allí. Después, ese desprecio le hace tenerle pena. Tiene pena de despreciarla. Y esa pena hace que la desprecie más.

Ella duerme con tranquilidad.

Con sumo cuidado se marcha sin despertarla.

Ella lleva despierta toda la noche y se hace la dormida. Ha visto como la ha mirado. Ha visto ese desprecio y se asustó. Cerró los ojos sin querer mirar más. Quizás, si hubiese visto la pena con la que miró después, no tendría ahora miedo. Pero cerró los ojos.

Ha dejado ese aroma tan suyo en la habitación, en la cama, en las paredes; incluso la luz huele como él.

Decide sentarse en la cama, bajar la cabeza y pensar.

Piensa que no debe pensar en nada, pero lo hace. Siente el sexo dolorido. Anoche la tomó varias veces y posa las manos en su pelvis.

Al principio ella quiso que la poseyera, se lo hizo saber nada más entrar sin dejarle decir nada al respecto. Él se subió encima, se introdujo entre sus piernas y la poseyó.

Después ella estuvo satisfecha, había saciado ese deseo. A él se le despertó el deseo. Siguió metido entre sus muslos, no se separó.

Ella no quería, pero callaba. Y él continuó subido encima, haciendo presión con su cuerpo; agobiándola para poder respirar. Pero ella callaba.

Iba a decir algo, no lo hizo, no se atrevió.

¿Ocurre algo?, dijo él.

Nada.

Y continuó subido encima.

Tres veces, y ahora se tocaba ahora el sexo dolorido. El sexo húmedo y rojizo. Un sexo ya gastado.

Estaba saciada, pero él no quiso dejarla.

Descansó con grandes suspiros. Fuera, los grillos chirriaban con unos cantos que esa noche no comprendía. Mientras, él suspiraba con grandes brincos en el pecho.

Se recostó de lado, pero ese brazo con fuerza lo impidió. Él se subió otra vez encima, y de nuevo la poseyó.

Ella miraba a los lados, sin ganas, sin siquiera ese artificial amor. Se dio cuenta de los gestos.

Ocurre algo, afirmó él.

Estoy saciada.

Yo no.

Sabía que no la respetaría, que sería asaltada una y otra vez.

Se toca el sexo, le duele. Siente débil las piernas, los muslos. No se atreve a ponerse en pie, al menos, tan rápido como de costumbre.

Le tambalea el cuerpo, se siente mareada. Agarra la colcha blanca, la cama. Agarra el sexo como si se le escapase, como atrapando un objeto que no le perteneciese.

Él la miró con desprecio, cerró muy pronto los ojos; no vio esa pena.