Anocheció

Anocheció sin darme cuenta, sólo cuando salió la luna me dolieron los pechos. Y sin nadie a quién amamantar, tuve más sed.

Cerca de allí, de aquel lugar, cualquier lugar; me senté. Desnudé mi torso al viento que me acompañaba con algo de violencia. Derramé sobre las flores y plantas la leche sobrante de mi ser y alivió mi cuerpo. Esa noche, amaneció sin darme cuenta.

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Cualquier bar

Me dolían los labios de no besarte. Sentado, abrazado a una copa me anestesiaba para dejar de sentir. Pero empezó, como daño colateral, a dolerme los ojos de no llorarte.  Imaginaba que no despertabas recostada en las luces del alba. Fumaba, sin saber respirar, intentando hacer pequeños círculos de humo grises que se transfiguraban con mis labios al salir.

Las caricias del vaso, con ruido de dos hielos, me dejaba un áspero sabor de boca, recordándome besos furtivos, todos aquellos besos.

Me sentía llegar tarde a algún sitio que había olvidado. Me dolían los pasos de no caminar, allí sentado con ganas de huir. Se me cuarteaban lo labios, de pensar en no besarte.

Anoche creo que soñé

Riendo me tumbé, guardando debajo de la cama, en una caja vieja de zapatos; el sol. Tiré por la ventana las manillas del reloj dejándolo en sillas de ruedas. Mi taquicardia extrema, me tranquilizó. Sentí levantar con poca ansia la sabana junto a mí, para notar entre suspiros ese juego que no se jugaba a nada. La ciudad dormía apagada en luces cansadas de trabajar.

Su sudor amargo se me calaba en la piel, entorpeciendo mi respiración. El frío me estremeció en uno de mis constantes movimientos en intentar mirarlo.

Me senté en la cama dándole una patada a la vieja caja de zapatos. Intentando saber, si anoche, soñé.

Sueño

Cansada ya estoy de nuevo, de untarme la melancolía como la fiebre para vencer a febrero y sus noches. Todas las noches.

Sin tener la certeza de saber lo que me ocurre. Pensando que con un suspiro viajaré con la brisa sobre la palma de mi mano. Eso sueño al no dormir.

Me asomo por la ventana hacia la lejanía que me tiñe la piel.

Tu piedra en el camino

¿Qué haré aquel día cuando no pueda ir contigo?
Cuando llores con el pecho en un puño y brinques como un sapo.
Cuando grites con sordera y gimas en un placer fingido.
Cuando pronuncies otros nombres, tal vez el mío entre ellos,
y no tengas ningún suspiro.
Cuando cantes esa canción que esté de moda.
Cuando enfríe la sopa o bebas vino.
Cuando rías, hables, te duermas y al día siguiente te levantes.
Cuando ames y no sea mi cuerpo del que comas,
mi boca tu fuente, mi sexo el deseo.
¿Qué haré aquel día cuando yo no pueda seguir viviendo?

 

Porque es hoy


-Te quiero más que ayer – dijo ella.

Él simplemente sonrió. La taza de café le hizo un poco de daño en los dedos, después esa sensación pasó a ser algo agradable y al final le producía placer. Durante los desayunos había momentos que se daba cuenta que estaba allí, y otros que le resultaba invisible. A veces se hablaban, pero intentaban ignorarse el uno al otro. Ya no recordaba cuándo llegó a su vida, simplemente una mañana se levantó y ya estaba. Tan altiva y segura, tan tranquila y silenciosa.

Esa mañana ella rompió el hielo.

-Te quiero más que ayer. -Volvió a repetir.

-¿Por qué me dices eso ahora?

-Ya no recuerdas cuando nos conocimos. La verdad que nunca hemos celebrado nuestro aniversario. He pensado que hoy, podría ser un buen día para hacerlo.

-Sabes que yo a ti no te quiero. -Tomó un gran sorbo de café

-Me vas a hacer llorar.

-Tú nunca lloras.

-Cierto.

Era tarde, aquella conversación ya no le gustaba. Miró el calendario: uno de diciembre. Tomó su pastilla antirretroviral con lo quedaba en la taza, y sintió pena porque se terminó el café. Ella desapareció.