De Málaga a Shangay, no un adiós. 

  
Hoy estoy triste. Aún no he llorado, quiero hacerlo, aunque él era siempre el maestro de la sonrisa. Hoy Málaga, ha amanecido lluviosa, con un gris poco de abril. Quizás siga aguantando las ganas de llorar, aunque llevo tres horas para hacer este texto, evitando hacerlo. 

Yo era su Aladino, él mi genio. Y hoy, Shangay Lily se mete en ese maravilloso universo de donde salió. Quizás muchos no conocieron, no conozcan, o lo tilden de lo que sea… Él era un genio. 

Tantos recuerdos que me llenan, sus abrazos. Su risa apasionada. Su mirada llena de un brillo de tristeza, pero esa tristeza de saberse dispuesto a todo y a todos. 

  
Shangay, me debías un prólogo. Me lo prometiste. Es cierto, tenía que enviarte el texto, y fui muy huevón. No te quise decir que aún no estaba listo, ja ja ja ja, me hubieses regañado: “My darling, ¿me estas poniendo los cuernos y no escribes? Venga mi príncipe, que tienes que invitarme a buenos restaurantes”. 

Hoy estoy muy triste. Tú en el teatro, diciendo grandes verdades. Después en la plaza de la Merced, hasta a deshoras enredando conversaciones. En el coche cantando Mina Mazzini con esa, tu voz. La que me arrepiento de no haberte llamado más. 

Ahora se abre un poco las nubes, poco. Un rayo de sol, que imagino, eres tú, se abre creando un tono anaranjado. Ya sabes cómo es la ciudad del paraíso, que se deja hacer el amor por el mar y su caleta. Me doy cuenta que es el camino, de Málaga a Shangay. Lloro. 

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